Un avaro convirtió toda su fortuna en un lingote de oro y lo enterró en un lugar oculto, sepultando con él su corazón y su pensamiento. Todos los días iba a contemplarlo. Un trabajador lo observó, comprendió lo que ocurría, desenterró el lingote y se lo llevó. Cuando el avaro encontró el escondite vacío, comenzó a lamentarse y a mesarse los cabellos. Un transeúnte le dijo: «No desesperes. Pon una piedra en el mismo lugar e imagina que es tu oro: te servirá exactamente igual, porque tampoco usabas el oro cuando lo tenías».
La riqueza no vale nada cuando nunca se usa ni se disfruta.Moraleja
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