Un hombre que era pobre y tenía una estatua de madera de un dios le suplicó que le proporcionase algún bien. Pero, como a pesar de ello seguía cada vez más pobre, irritado, lo cogió de la pierna y lo golpeó contra la pared. La cabeza se rompió enseguida y de ella se esparcieron monedas de oro. Y el hombre, recogiéndolas, gritó: «Creo que eres perverso e ingrato, pues, cuando te honraba, en absoluto me ayudaste; y, en cambio, cuando te golpeé, me has recompensado con muchos bienes».
En nada te beneficiarás honrando a un hombre malvado; golpeándole, obtendrás más provecho.Moraleja
Una fábula, cada domingo, en tu bandeja de entrada.