Navegaban unos hombres embarcados en una nave. Cuando estaban en alta mar se desencadenó una violenta tempestad y la nave casi se hundió. Uno de los navegantes, rasgándose las vestiduras, invocaba a los dioses patrios entre llantos y lamentos, prometiendo que les ofrecería sacrificios de agradecimiento, si se salvaban. Cuando cesó la tempestad y se hizo de nuevo una calma chicha, se pusieron a celebrarlo, bailaban y daban saltos, porque habían escapado de un peligro inesperado. Y el piloto, que era un hombre duro, les dijo: «Amigos, debemos alegrarnos, sin olvidar que quizá de nuevo se produzca una tempestad».
La fábula enseña a no exaltarse demasiado con los sucesos felices, pensando lo mudable de la fortuna.Moraleja
Nº 128La mulaUna mula alimentada de buena cebada saltaba de gozo diciéndose a sí misma: «Mi padre es un caballo de rápida carrera y toda yo me parezco a él». Y en…Leer la fábula →
Nº 188El mosquito y el leónUn mosquito se acercó a un león y le dijo: «Ni te temo ni eres más fuerte que yo; si no ¿qué fuerza tienes: que arañas con tus garras y muerdes con…Leer la fábula →
Nº 320El río y el cueroUn río, al ver que un cuero flotaba en su corriente, le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Al responderle éste: «Mi nombre es duro», cubriéndole con su…Leer la fábula →Una fábula, cada domingo, en tu bandeja de entrada.