Un náufrago, arrojado a la costa, se quedó dormido de cansancio. Pero cuando, ya recuperado, volvió sus ojos al mar, le reprochaba que, al seducir a los hombres con la mansedumbre de su aspecto, éstos se adentraban en él y que luego él se encrespaba y acababa con éllos. El mar, semejante a una mujer, le dijo: «Pero, ¡hombre!, no me lo reproches a mí, sino a los vientos; pues yo por naturaleza soy tal como me ves ahora también, pero éstos me atacan de improviso, me encrespan y me exasperan».
Tampoco debemos nosotros culpar de las afrentas a los que las hacen cuando están sometidos, sino a los que gobiernan.Moraleja
Nº 135El milano y la serpienteUn milano arrebató una serpiente y se fue volando. Ésta se revolvió y lo mordió, y ambos cayeron desde lo alto. El milano estaba muerto. La serpiente…Leer la fábula →
Nº 195El reinado del leónUn león fue un rey no colérico ni cruel ni violento, sino manso y justo como un hombre. Durante su reinado se celebró una gran asamblea de todos los…Leer la fábula →
Nº 337El muro y la estacaUn muro, golpeado violentamente por una estaca, gritaba: «¿Por qué me destrozas, sin que yo te haya hecho ningún mal?». Y ésta le dijo: «Yo no tengo…Leer la fábula →Una fábula, cada domingo, en tu bandeja de entrada.