Un hombre que tenía gallos en casa encontró en venta una perdiz domesticada, la compró y la llevó a casa para criarla junto con éllos. Como éstos la picaran y acosaran, la perdiz estaba atribulada, pensando que era desdeñada por ser de otra especie. Pero, pasado un poco de tiempo, cuando observó que los gallos se peleaban entre sí y no se separaban antes de haberse hecho sangre, se dijo así misma: «No me disgustaré ya más porque me piquen, pues veo que ellos tampoco se perdonan».
Los prudentes soportan fácilmente los excesos de sus vecinos cuando ven que ellos ni siquiera perdonan a sus parientes.Moraleja
Nº 5El águila, el grajo y el pastorUn águila, abatiéndose desde lo alto de una roca, arrebató un cordero, y un grajo que lo había visto, por envidia, quiso imitarla. Y, lanzándose con…Leer la fábula →
Nº 8El ruiseñor y el halcónUn ruiseñor, posado sobre una alta encina, cantaba según su costumbre. Un halcón, al verlo, se lo llevó consigo. El ruiseñor, viendo que su fin…Leer la fábula →
Nº 18La esclava fea y AfroditaUn amo amaba apasionadamente a una esclava fea y malvada. Ésta, con el dinero que él le daba, se arreglaba con esplendor y rivalizaba con su propia…Leer la fábula →Una fábula, cada domingo, en tu bandeja de entrada.