Un ateniense rico navegaba junto con algunos otros. Y, como se hubiera levantado una violenta tempestad y la nave zozobrara, los demás intentaron salvarse a nado, pero el ateniense, invocando sin cesar a Atenea, le prometió innumerables ofrendas si lo salvaba. Uno de los otros náufragos, al pasar a su lado nadando le dijo: «Aunque te proteja Atenea, mueve también los brazos». Pues también nosotros mismos, junto con la invocación a los dioses, debemos hacer algo, fijándonos en nuestro interés. Porque es preferible que alcancemos la benevolencia de los dioses esforzándonos, y no que los dioses nos salven cuando nos hemos despreocupado de nosotros mismos.
Los que caen en desgracias deben también ellos esforzarse en su propio interés y así pedir ayuda al dios.Moraleja
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Nº 22Los pescadores y el atúnUnos pescadores que habían salido de pesca, aunque se fatigaron durante mucho tiempo, nada capturaron, y, sentados en la barca, estaban desalentados.…Leer la fábula →
Nº 30La zorra con el vientre hinchadoUna zorra que estaba hambrienta, al ver en el hueco de una encina panes y carne abandonados por unos pastores, se metió en él y se los comió. Pero,…Leer la fábula →Una fábula, cada domingo, en tu bandeja de entrada.